El desarrollo de la confianza en Dios no es, a menudo, un viaje sencillo. Es un avance hacia la oscuridad, hacia lo indefinido, hacia la ambigüedad; no hacia algún plan predeterminado y claramente delineado para el futuro.
Es como dejar de ser sedentario y convertirse en un nómade; en un peregrino que deja lo firme, lo obvio, lo seguro, la “zona de confort“, y se dirige hacia lo desconocido, sin ninguna explicación racional que justifique la decisión o garantice el resultado de ese camino.
Sin embargo, en esa dirección es donde Dios ha señalado el rumbo y ofrece, a cambio de seguirlo, su presencia y su promesa.
Durante los días de esta travesía pueden prevalecer emociones y síntomas bastante difíciles, como ansiedad e incertidumbre, y es normal. Pero también es el momento donde, si prestamos atención, podremos percibir una voz calma y tranquilizadora; un silbo apacible y delicado que dice: “No temas, Yo estoy contigo”.
Ahora bien ¿Cómo afronto las dudas que puedan surgir en el camino?. La inseguridad es una barrera muy constante en nuestra vida. Puede levantar grandes murallas a nuestro alrededor, y eso provoca que se distorsione nuestra percepción del futuro, del entorno en el que nos encontramos e incluso de las personas que nos rodean; puede llevar a que perdamos la visión, el enfoque y nos hagamos preguntas como: ¿Quién soy?/¿Qué propósito tiene esto?/¿Realmente vale la pena correr el riesgo?
La inseguridad genera dudas, miedos y evita que podamos desarrollar confianza.
Ante estas situaciones alarmantes, las emociones aparecen sin pedir permiso. Comenzamos a darle vueltas a la vergüenza, a la sensación de fracaso o miedo a este, al desprecio personal, alimentamos la baja autoestima y comenzamos a culparnos si observamos que el camino es sinuoso; vemos hacia atrás, a los errores del ayer, a las fallas reales o imaginarias de nuestros tiempos pasados. Todas estas emociones delatan una falta de confianza en el Señor, pero tranquilo, porque esto se puede trabajar. Si el Rey de reyes, Señor de señores te tiene en gran estima ¿Cuánto más vos mismo?
Quizá no confiamos en que Dios pueda comprender y manejar todo lo que sucede en nuestra mente y corazón. ¿Puede aceptar nuestros pensamientos de odio, de resentimiento, o los rezagos de nuestra naturaleza pecaminosa y primitiva? Cuando aún no confiamos en el Señor, concluimos que no, entonces sacamos a Jesús de la ecuación y lo alejamos de aquello en lo que más necesitamos que Él trabaje. O simplemente negamos esas emociones; decimos no sentirlas nunca o no las identificamos, pero siempre existe la posibilidad de que florezcan cuando la cosa se pone complicada.
Así como dijimos que las emociones no piden permiso para aparecer, por su contraparte, las acciones que tomamos a partir de ellas sí dependen de nosotros. Y acá es donde entra en juego una frase tan escuchada pero que muchas veces no la comprendemos en su profundidad, y es el hecho de “Ir a Dios tal como somos“. Para crecer en confianza, en fe, debemos permitir que Dios nos vea y nos ame precisamente tal como somos, con nuestro espíritu desnudo, transparente (que Él ya lo hace, pero necesitamos asimilarlo), para que pueda trabajar en nuestra vida.
Cuando vamos a Dios con nuestra verdad expuesta, Él es capaz de hacer un cambio radical en nuestra vida, de perdonar todo aquello que ni nosotros mismos podemos perdonarnos. Daniel Considine escribió en la década de 1930:
“Nunca una madre fue tan ciega a las fallas de un hijo como nuestro Señor lo está a las nuestras”.
Volviendo al tema de cómo afrontar las dudas que puedan surgir en el camino, propongo reflexionar sobre un pasaje de la Palabra, el famoso relato de cuando Pedro camina sobre las aguas cuando Jesús lo llama (Mateo 14:22-33). Pedro se encontraba a bordo de una barca azotada por una tempestad en medio del mar, cuando Jesús se aparece andando sobre el agua. Al verlo Pedro, le dice que, si es Él realmente, que mande que camine sobre el mar, a lo que Jesús contesta: “Ven”. Pedro desciende del barco y empieza a caminar sobre el agua, pero en cuanto duda y quita los ojos de Cristo, se hunde.
Podemos asignarle dos entidades a elementos de este relato:
-Por un lado, tenemos la barca, que representa el presente de Pedro, su lugar conocido, su “zona de confort”;
-Por otro lado, el mar, donde se hallaba Jesús y que representa lo desconocido, la incertidumbre, lo indefinido.
También tenemos otro momento importante de este pasaje, la orden de Jesús: “VEN“. Pedro responde obediente a este mandato, confía en una primera instancia, pero luego duda, pierde el enfoque y se hunde.
Dios nos invita a confiar en Él y avanzar hacia ese destino incierto, sin ningún plan racional que lo justifique, solo la promesa de que nos va a acompañar. Cuando no confiamos en Dios, o no lo suficiente, preferimos no correr el riesgo y quedarnos en nuestra zona segura, incluso aunque esta se esté sacudiendo como la barca de Pedro y todo sea un caos; o corremos el riesgo y en medio del proceso dudamos y perdemos la confianza que estabamos depositando en la promesa del Señor, quedando justo en medio de ambos puertos.
Esta reflexión es para animarte a dar ese paso de confianza, más allá de lo oscuro y poco delineado que parezca el camino. Quizá hoy en día estás estancado, apagado, encerrado en un entorno que sabés que no te edifica, pero que preferís no abandonar porque dudas o porque sentis que vas a ser responsable si en tu ausencia las cosas empeoran. Y es valido dudar, es un mecanismo de defensa y todos lo experimentamos; pero ninguna duda es mayor que la fidelidad de Dios, y recordá que Él tiene planes de paz para tu vida, para darte el fin que esperás (Jeremías 29:11).



