En el Día del Niño solemos hablar de regalos, juegos, sonrisas y de lo importantes que son los chicos. Y sí, lo son. Pero hoy también deberíamos detenernos a pensar en algo mucho más importante ¿qué estamos sembrando en ellos mientras crecen?
Un niño no solamente necesita comida, ropa, educación o un regalo en su día. Necesita sentirse amado, escuchado, protegido y valorado. Necesita saber que puede equivocarse sin dejar de ser amado. Necesita adultos que cuiden sus palabras, porque muchas veces aquello que para nosotros fue “solo un comentario”, para un niño puede convertirse en una voz que lo acompañe durante años.
Un niño que escucha constantemente que no sirve puede crecer creyendo que no es suficiente.
Un niño al que comparan puede aprender a medir su valor en relación con los demás.
Un niño al que nunca escuchan puede aprender a guardar silencio incluso cuando algo le duele.
Y un niño que crece sintiéndose amado puede aprender algo completamente diferente, que su valor no depende de sus logros, de su apariencia ni de lo que otros piensen de él.
Por eso cuidar a los niños también significa cuidar lo que decimos delante de ellos, cómo los tratamos y qué ejemplo les damos.
Jesús fue muy claro con la importancia de los niños. En Mateo 18:3 dijo:
“Si no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos.”
Jesús no estaba diciendo que debemos ser ingenuos o inmaduros. Estaba señalando algo que muchas veces perdemos al crecer: la capacidad de confiar, de acercarnos sin máscaras, de maravillarnos, de preguntar y de reconocer que necesitamos de alguien más.
Por eso, en lugar de pensar solamente que nosotros tenemos que enseñarles a los niños acerca de Dios, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere Dios enseñarnos a nosotros a través de ellos?
Quizás necesitamos recuperar esa confianza.
Necesitamos volver a disfrutar de las cosas simples.
Necesitamos aprender a preguntar sin sentir vergüenza de no tener todas las respuestas.
También de recordar que no tenemos que aparentar ser fuertes todo el tiempo.
Pero hay algo más, los niños necesitan ser protegidos.
No podemos romantizar su infancia mientras ignoramos las situaciones que pueden ponerlos en peligro. Cuidarlos también significa prestar atención, escuchar cuando hablan, creerles cuando expresan que algo está mal, enseñarles a poner límites y crear espacios donde puedan sentirse seguros. La infancia no debería ser una etapa en la que un niño tenga que aprender a sobrevivir emocionalmente sino ser un lugar donde pueda crecer sabiendo que es amado, cuidado y que su vida tiene valor.
Y como cristianos, nuestra responsabilidad no termina en llevarlos a la iglesia o enseñarles versículos. También está en mostrarles, con nuestras acciones, cómo se ve el amor de Cristo.
Ese será el recuerdo más importante que se lleve de nosotros, no el regalo que recibió un 16 de agosto.
Por ejemplo:
“Cuando estaba con ellos, me sentía seguro.”
“Me escuchaban.”
“Me cuidaban.”
“Me hicieron sentir amado.”
Que este Día del Niño no sea solamente una celebración de la infancia, que también sea una oportunidad para preguntarnos qué estamos sembrando en la próxima generación.
Porque los niños no solamente son el futuro.
Son personas que Dios puso hoy en nuestras manos para amar, cuidar, proteger y guiar.
Mientras nosotros intentamos enseñarles a caminar con Dios, ellos también nos recuerdan algo que los adultos solemos olvidar:
que para acercarnos a Dios, a veces necesitamos volver a tener el corazón como el de ellos.
📖 “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos.” — Mateo 19:14



