El asesinato de Ashley Flynn, por el que su esposo Caleb Flynn fue condenado a cadena perpetua, plantea preguntas difíciles sobre la responsabilidad individual, la doble vida, el abuso de la confianza y el papel de las comunidades cristianas frente a la violencia doméstica. ¿Estamos preparados para reconocer el peligro cuando quien lo ejerce también ocupa un lugar de liderazgo espiritual?
Advertencia: este artículo aborda un caso de asesinato y violencia doméstica.
Un caso que conmocionó por algo más que el crimen
El 16 de febrero de 2026, Ashley Flynn, de 37 años, fue asesinada en su vivienda de Tipp City, Ohio, Estados Unidos. Era docente, entrenadora de vóleibol y madre de dos niñas. Su esposo, Caleb Flynn, de 40 años, había participado en el programa musical American Idol en 2013 y ejercía funciones de liderazgo pastoral y musical en una iglesia.

La mañana del crimen, Caleb llamó al servicio de emergencias y denunció que un intruso había ingresado a la vivienda y disparado contra su esposa. Sin embargo, la investigación condujo a su arresto tres días después.
Durante el juicio, los fiscales sostuvieron que Flynn había disparado contra Ashley mientras dormía y que había alterado la escena para simular un allanamiento. Entre las pruebas presentadas se encontraban registros digitales, elementos relacionados con la escena del crimen y mensajes intercambiados con una mujer con quien mantenía una relación extramatrimonial.
Esa mujer declaró durante el proceso y presentó mensajes en los que Flynn había expresado deseos de que su esposa muriera. Según su testimonio, en algunos intercambios él había hablado de matarla y de cómo evitar las consecuencias legales.

El 29 de septiembre de 2026, un jurado lo declaró culpable de asesinato agravado, otros cargos de asesinato, agresión grave y manipulación de pruebas. El 5 de octubre recibió cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Flynn continuó negando haber matado a su esposa.
Estos hechos fueron informados por ABC News y CBS News a partir del juicio y la sentencia.
Detrás de esta noticia hay una mujer cuya vida fue arrebatada, dos niñas que perdieron a su madre y una familia obligada a atravesar un dolor devastador. Por eso, cualquier reflexión cristiana sobre el caso debe comenzar reconociendo a Ashley como persona, y no utilizar su muerte únicamente como ejemplo para hablar de los errores de otra persona.
La pregunta central no es solamente cómo alguien pudo llegar a cometer semejante crimen. También es qué podemos aprender sobre el poder, la responsabilidad, la violencia y la forma en que nuestras comunidades responden ante situaciones que muchas veces permanecen ocultas.
El cargo espiritual no es una prueba de integridad
En las comunidades cristianas, quienes sirven en la alabanza, la predicación, el liderazgo pastoral o el acompañamiento suelen recibir confianza y reconocimiento. Las personas los escuchan hablar de Dios, los ven orar por otros y, en muchos casos, acuden a ellos cuando atraviesan dificultades.
Esa confianza es valiosa, pero puede convertirse en un problema cuando confundimos la capacidad de ejercer un ministerio con la integridad demostrada en la vida cotidiana.
Una persona puede conocer profundamente el lenguaje religioso, dirigir una congregación, tener talento musical y ser reconocida por su servicio. Ninguna de esas cosas demuestra, por sí sola, cómo trata a su familia, cómo maneja el poder o qué decisiones toma cuando nadie la está mirando.
En el caso Flynn, el juicio expuso una contradicción extrema entre su posición pública y los actos por los que fue condenado. No necesitamos inventar una explicación psicológica ni afirmar que conocemos cada aspecto de su vida privada para reconocer esa contradicción.
La enseñanza es incómoda: la actividad ministerial no reemplaza el carácter, y la reputación religiosa no puede funcionar como una garantía de inocencia.
En 1 Timoteo 3, el apóstol Pablo describe las cualidades esperadas de quienes ejercen liderazgo en la iglesia. Entre ellas aparecen el dominio propio, la prudencia, una conducta respetable y la capacidad de gobernar bien la propia casa. El pasaje no presenta el liderazgo como un privilegio separado de la vida personal, sino como una responsabilidad que debe estar acompañada por una conducta coherente.
Esto no significa que los líderes deban ser personas perfectas o que cualquier dificultad privada los convierta automáticamente en culpables. Significa que deben existir mecanismos para reconocer problemas, pedir ayuda, rendir cuentas y actuar cuando hay motivos fundados de preocupación.
Una iglesia saludable no debería tener que elegir entre reconocer los dones de una persona y examinar responsablemente su conducta.
¿Por qué alguien puede llevar una vida pública y otra privada?
Es tentador buscar una explicación sencilla para un crimen de esta magnitud: decir que todo ocurrió por adulterio, por orgullo, por falta de oración o porque la persona se había alejado de Dios.
Sin embargo, ninguna de esas afirmaciones, por sí sola, explica por qué alguien comete un asesinato.
En el juicio de Flynn, los fiscales relacionaron el crimen con su relación extramatrimonial y con su deseo de terminar el matrimonio. Los mensajes presentados durante el proceso fueron parte de la evidencia utilizada para sostener esa interpretación. Pero no sería riguroso convertir esos elementos en un diagnóstico completo de su personalidad ni afirmar que conocemos todas las causas de su conducta.
Sí podemos distinguir entre una crisis personal y la decisión de ejercer violencia.
Una infidelidad puede destruir la confianza de una pareja. Una separación puede provocar dolor, enojo o temor. Un conflicto económico puede aumentar las tensiones familiares. Pero ninguno de esos problemas obliga a una persona a maltratar, amenazar o matar a otra.
La violencia es responsabilidad de quien la ejerce. No es responsabilidad de la víctima por no haber sido suficientemente comprensiva, por no haber orado lo suficiente o por no haber conseguido salvar su matrimonio.
Desde una perspectiva cristiana, hablar del pecado requiere precisamente eso: tomar en serio la responsabilidad moral de cada persona. No basta con decir que todos somos imperfectos. Hay diferencias fundamentales entre equivocarse, mentir, manipular, ejercer control y cometer un acto violento. El arrepentimiento tampoco puede reducirse a una declaración religiosa, una oración pública o una expresión de tristeza. En situaciones de abuso, deben considerarse los hechos, la seguridad de las personas afectadas, la responsabilidad asumida y las consecuencias legales correspondientes.
La gracia cristiana no convierte el daño en algo irrelevante. El perdón no elimina automáticamente las consecuencias ni obliga a una víctima a exponerse nuevamente al peligro.
La violencia doméstica también existe dentro de las comunidades cristianas
Este punto merece especial atención porque muchas iglesias hablan del matrimonio, la familia, el amor y el perdón, pero no siempre cuentan con herramientas suficientes para identificar y responder ante la violencia.
La violencia doméstica no se limita a los golpes. También puede incluir amenazas, humillaciones, aislamiento, control económico, vigilancia, intimidación, coerción sexual y restricciones destinadas a someter a la pareja.
La Organización Mundial de la Salud incluye las agresiones físicas y sexuales, el maltrato psicológico y las conductas de control dentro de la definición de violencia de pareja.
En sus estimaciones publicadas en 2026, basadas en datos correspondientes a 2023, la OMS informó que aproximadamente 840 millones de mujeres y niñas —casi una de cada tres— habían sufrido violencia física o sexual de pareja o violencia sexual por parte de otra persona a lo largo de su vida. La cifra es mundial y no se refiere exclusivamente a las iglesias.
¿Y qué ocurre específicamente dentro de las comunidades cristianas?
Una investigación realizada por la Universidad de Chester en colaboración con las organizaciones Restored y Broken Rites estudió las experiencias de violencia doméstica y las respuestas recibidas en comunidades cristianas. La investigación se realizó en 2021 y sus resultados se publicaron en 2023.
Participaron 192 personas vinculadas a comunidades cristianas. Entre quienes habían experimentado abuso, los investigadores encontraron distintas formas de violencia y control. El 94 % informó abuso psicológico o emocional y el 90 % informó conductas de control coercitivo. El 60 % de quienes habían sufrido abuso también había experimentado abuso espiritual.
Estas cifras describen las experiencias de los participantes de esa investigación; no representan una estimación de prevalencia para todas las iglesias ni para toda la población cristiana. Aun con esa limitación, permiten identificar problemas que requieren atención.
El abuso espiritual puede aparecer cuando una persona utiliza la Biblia, su posición religiosa, la autoridad pastoral o el temor a desobedecer a Dios para controlar a otra. Por ejemplo, puede insistir en que la víctima debe soportar el maltrato para demostrar sumisión, que separarse constituye necesariamente una falta de fe o que contar lo sucedido perjudicará el testimonio de la iglesia.
De esta manera, un lenguaje que debería servir para acompañar y dar esperanza puede transformarse en una herramienta de presión.
La respuesta cristiana no consiste en abandonar las enseñanzas bíblicas sobre el amor, el matrimonio o el perdón. Consiste en no utilizarlas para justificar lo contrario de lo que proclaman.
El amor no exige tolerar la violencia. El respeto no significa obedecer bajo amenaza. Y la reconciliación no puede imponerse ignorando la seguridad de quien ha sido lastimado.
Cuando pedir ayuda dentro de la iglesia puede empeorar las cosas
Uno de los hallazgos más preocupantes de la investigación de la Universidad de Chester no se relaciona solamente con la existencia de violencia, sino con la manera en que algunas comunidades respondieron cuando alguien decidió hablar.
De las 192 personas que participaron, el 84 % dijo haber comunicado el abuso a alguien con un rol dentro de su comunidad cristiana, como un líder o responsable de la iglesia.
Entre las respuestas que describieron:
- El 18 % dijo que la respuesta de su iglesia había contribuido a mejorar la situación.
- El 29 % dijo que la situación no había cambiado, aunque se había sentido acompañado.
- El 36 % dijo que la respuesta había empeorado la situación.
- El 71 % de quienes habían revelado el abuso a alguien de su comunidad cristiana no había sido derivado a un servicio especializado.
Estos porcentajes corresponden a categorías distintas de respuesta y deben leerse en el contexto de esa muestra específica. No son cifras nacionales ni una medición de todas las congregaciones.
¿Qué puede hacer que una respuesta empeore la situación?
Puede suceder cuando se minimiza el relato de la víctima, se pone en duda su palabra sin investigar, se la responsabiliza por el conflicto o se prioriza mantener unido el matrimonio por encima de su seguridad.
También puede ocurrir cuando se confronta al presunto agresor sin evaluar el riesgo, se comparte información confidencial sin autorización o se presiona a la víctima para volver a casa antes de contar con medidas de protección.
En algunas situaciones, aconsejar terapia de pareja como primera respuesta puede ser inadecuado. Cuando existe violencia o control coercitivo, no estamos ante un conflicto simétrico en el que ambas personas tienen simplemente distintas perspectivas. Es necesario evaluar la seguridad y derivar a profesionales con experiencia en violencia doméstica.
Una iglesia puede actuar con buenas intenciones y aun así cometer errores graves si no cuenta con preparación.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente si nuestros líderes tienen un corazón dispuesto a ayudar. También debemos preguntarnos si saben cómo hacerlo, cuáles son sus límites y a quién acudir cuando el problema supera su preparación.
¿Qué pasa cuando cuidamos el ministerio, pero no a las personas?
Muchas congregaciones tienen equipos de alabanza, servidores, líderes de jóvenes, responsables de multimedia, pastores y voluntarios que sostienen distintas actividades. Es habitual interesarse por cómo están funcionando los equipos, si hay suficientes personas para cubrir los turnos y si las actividades salen bien.
Todo eso tiene su lugar. Pero el cuidado de una comunidad no puede limitarse a su funcionamiento.
Quienes sirven también necesitan relaciones de confianza, espacios para hablar de sus dificultades y la posibilidad de buscar ayuda sin temor a perder inmediatamente su lugar en la iglesia.
Ahora bien, hay que establecer una distinción importante: cuidar a un líder no significa vigilar su vida privada sin fundamento ni convertir a la congregación en una investigación permanente sobre sus miembros.
Significa crear una cultura en la que sea posible hablar de problemas reales, establecer límites y actuar cuando hay señales concretas de riesgo.
Por ejemplo, si un servidor reconoce que está atravesando una crisis emocional, puede necesitar apoyo profesional, descanso o acompañamiento pastoral. Si un líder presenta conductas de intimidación, amenazas o control sobre su pareja, la situación exige otra respuesta ej: protección de la persona afectada, evaluación del riesgo y, cuando corresponda, intervención de las autoridades.
No todos los problemas son iguales y no todos deben tratarse del mismo modo.
Una congregación tampoco puede asumir que conoce lo que ocurre en todos los hogares de sus miembros. La violencia puede permanecer oculta durante años y no siempre existen señales evidentes para los demás. Pero sí puede evitar que la posición ministerial se convierta en una barrera para escuchar denuncias o tomar medidas.
Cuando una iglesia protege automáticamente a una persona por su reputación, su talento o su cercanía con el liderazgo, corre el riesgo de convertir la confianza espiritual en impunidad. La responsabilidad de una comunidad no es garantizar que nunca ocurra algo malo. Es construir procedimientos que permitan detectar problemas, responder de manera adecuada y proteger a quienes se encuentran en peligro.
¿Cómo puede una iglesia cambiar de manera concreta?
La prevención necesita más que un mensaje emotivo después de una noticia. Requiere decisiones prácticas que puedan sostenerse en el tiempo.
Primero: enseñar qué es la violencia doméstica.
Las iglesias pueden incluir el tema en sus actividades formativas, reuniones de líderes y espacios de orientación familiar. Hablar de violencia no significa desconfiar de todos los matrimonios; significa que las personas puedan reconocer conductas que no deben normalizarse.
Segundo: formar a los responsables de acompañamiento.
Los pastores y líderes necesitan saber escuchar sin juzgar, reconocer señales de riesgo y comprender cuándo deben derivar el caso. La buena voluntad no sustituye la formación específica.
Tercero: establecer un protocolo escrito.
Incluso una congregación pequeña puede definir quién recibe una denuncia, cómo se protege la confidencialidad, qué hacer ante una emergencia y a qué profesionales u organismos recurrir. Debe quedar claro que ninguna persona puede bloquear una intervención únicamente porque el denunciado sea un líder respetado.
Cuarto: escuchar sin presionar.
Si alguien cuenta que sufre violencia, hay que tomar su relato en serio, preguntar qué necesita y evitar obligarlo a tomar decisiones para las que no está preparado. No se debe prometer confidencialidad absoluta si existe una obligación legal de actuar o un peligro inmediato.
Quinto: no reemplazar la ayuda especializada por una respuesta exclusivamente espiritual.
Orar, acompañar y ofrecer apoyo pastoral pueden ser importantes para una persona creyente. Pero no reemplazan la atención médica, psicológica, social o legal cuando resulta necesaria.
Sexto: acompañar también en lo práctico.
A veces la persona necesita ayuda para encontrar un lugar seguro, acceder a asesoramiento jurídico, organizar el cuidado de sus hijos o contactar a un servicio especializado. Una comunidad puede colaborar, siempre respetando su autonomía y sin ponerla en mayor peligro.
Séptimo: rendir cuentas.
Los protocolos deben aplicarse también a quienes tienen cargos de autoridad. Las denuncias deben evaluarse de forma responsable, las decisiones deben documentarse y los conflictos de interés deben evitarse. El prestigio de una persona no puede estar por encima de la seguridad de los demás.
Estas medidas no garantizan que nunca habrá violencia. Sí pueden reducir errores institucionales, facilitar que las personas pidan ayuda y evitar que una comunidad contribuya al aislamiento de quien está sufriendo.
¿Qué nos enseña la Biblia sobre esta responsabilidad?
La Biblia no debe utilizarse para atribuir causas espirituales específicas a un crimen cuando no contamos con evidencia. Tampoco necesitamos hacerlo para encontrar principios que orienten nuestra respuesta.
En Gálatas 6:2, Pablo escribe: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo».
Sobrellevar las cargas no es solamente escuchar a alguien cuando está triste. En ocasiones significa acompañarlo a buscar ayuda, sostenerlo durante un proceso difícil y contribuir a que no quede aislado.
Proverbios 31:8-9 llama a hablar por quienes no pueden defenderse y a juzgar con justicia. Aplicado a nuestras comunidades, este principio nos recuerda que la compasión no puede limitarse a quienes tienen más influencia o mejor reputación.
Y Efesios 5:11 exhorta a no participar de las obras de las tinieblas, sino a ponerlas en evidencia. Este pasaje no debe usarse para convertir sospechas en acusaciones, sino para recordar que la verdad y la responsabilidad son incompatibles con el encubrimiento deliberado.
También es necesario comprender correctamente el perdón cristiano. Perdonar no equivale a negar los hechos, eliminar las consecuencias legales o restablecer automáticamente una relación. La reconciliación requiere verdad, responsabilidad y condiciones seguras. Nadie debería utilizar la fe para obligar a una víctima a exponerse a más violencia.
El cuidado pastoral tiene que incluir tanto la compasión por quienes atraviesan dificultades como la protección firme de quienes están siendo lastimados.
El contexto argentino: no es un problema lejano
Aunque el caso de Ashley Flynn ocurrió en Estados Unidos, la violencia doméstica no es una realidad ajena a nuestro país.
La Defensoría del Pueblo de la Nación informó que su Observatorio de Femicidios registró 247 víctimas de femicidio durante 2025. El relevamiento señaló que el 60 % de los asesinatos ocurrió en el domicilio de la víctima o en la vivienda compartida con el agresor, y que en el 84 % de los casos existía una relación previa entre víctima y victimario.
Es importante aclarar que el registro incluye distintas categorías de femicidio y otras muertes relacionadas con violencia de género; no debe presentarse como si todos los casos fueran idénticos ni como una estadística específica de violencia en iglesias.
Estos datos muestran por qué no podemos tratar la violencia como un asunto excepcional que ocurre únicamente en otras culturas o comunidades.
Las iglesias argentinas, independientemente de su tamaño o denominación, pueden contribuir a la prevención mediante la educación, la escucha responsable y la articulación con servicios especializados.
Si una persona está atravesando violencia, en Argentina puede comunicarse con la Línea 144 para recibir orientación y contención ante situaciones de violencia por motivos de género. Ante una emergencia inmediata, debe contactar a los servicios de emergencia correspondientes.
La comunidad cristiana puede ser una fuente importante de acompañamiento, pero no debe convertirse en el único lugar al que una persona puede acudir.
Conclusión: una iglesia que cuida también debe estar dispuesta a actuar
El caso de Caleb Flynn deja una historia devastadora. Ashley perdió la vida, sus hijas perdieron a su madre y una familia quedó marcada por un crimen irreversible.
No podemos afirmar que una iglesia habría podido evitar lo ocurrido ni responsabilizar a personas que no sabemos qué conocían. Tampoco podemos explicar un asesinato únicamente mediante una categoría espiritual o psicológica.
Lo que sí podemos hacer es examinar nuestras propias comunidades.
¿Sabemos reconocer la diferencia entre una crisis matrimonial y una situación de violencia? ¿Contamos con procedimientos para actuar ante una denuncia? ¿Estamos preparados para escuchar a una persona que acusa a alguien respetado? ¿Tenemos contactos profesionales a los que derivar un caso? ¿Aplicaríamos los mismos criterios si la persona denunciada fuera alguien de nuestro equipo de liderazgo?
Estas preguntas no buscan alimentar la sospecha ni desacreditar a quienes sirven con sinceridad. Buscan recordar que la confianza debe ir acompañada de responsabilidad.
La iglesia no necesita ser una comunidad perfecta para ser un lugar seguro. Necesita estar dispuesta a reconocer sus límites, corregir sus errores y actuar cuando alguien está en peligro.
Porque cuidar a quienes sirven no significa proteger su reputación a cualquier precio. Significa promover su bienestar, exigir responsabilidad cuando corresponda y asegurarse de que las personas afectadas por sus decisiones no queden abandonadas.
La fe no debería ser una razón para callar ante la violencia. Debería impulsarnos a buscar la verdad, proteger al vulnerable y actuar con justicia.
Una comunidad cristiana demuestra su compromiso con el amor no solamente en sus canciones, sus prédicas o sus declaraciones públicas, sino también en la manera en que responde cuando alguien necesita ayuda.
Y esa responsabilidad no comienza después de una tragedia. Comienza mucho antes, cuando decidimos que la seguridad, la dignidad y la vida de las personas importan más que la imagen de cualquier ministerio.
¿Qué puede suceder en el corazón de una persona antes de llegar a cometer algo así?
Una de las preguntas más difíciles que deja el caso de Caleb Flynn es cómo una persona puede llegar a tomar una decisión tan destructiva contra alguien con quien compartió su vida.
Desde una perspectiva cristiana, es inevitable pensar en la lucha que existe en el interior del ser humano: los pensamientos que alimentamos, las decisiones que justificamos y las advertencias de nuestra conciencia que podemos elegir ignorar.
La Biblia habla de esta realidad en Santiago 1:14-15. Allí se describe cómo una persona puede ser atraída por sus propios deseos y cómo, cuando el deseo es concebido, puede dar lugar al pecado y finalmente a la muerte. El pasaje no explica el caso de Caleb en particular, pero sí nos invita a reflexionar sobre el proceso mediante el cual una conducta destructiva puede desarrollarse cuando no se la confronta.
En ocasiones, una persona comienza justificando pequeñas mentiras, ocultando decisiones o alimentando resentimientos. Puede convencerse de que merece algo que no tiene, trasladar la culpa de sus decisiones a otros o empezar a considerar aceptables conductas que antes habría reconocido como incorrectas. Estos procesos no conducen inevitablemente a la violencia, pero muestran por qué es importante enfrentar las conductas dañinas antes de que escalen.
En el caso de Flynn, los mensajes presentados durante el juicio, según los fiscales y los testimonios expuestos, mostraron que había expresado deseos de que su esposa muriera y hablado de matarla. Esto va más allá de una reflexión general sobre pensamientos negativos: fueron elementos concretos presentados en el proceso judicial. Sin embargo, no nos permiten conocer completamente su mundo interior ni afirmar qué papel tuvieron factores espirituales específicos en sus decisiones.
¿Y qué lugar tiene el diablo en esta reflexión?
Para los cristianos, la Biblia enseña que existe una lucha espiritual y advierte sobre la tentación, el engaño y el mal. En Juan 8:44, Jesús habla del diablo en relación con la mentira y el homicidio. Efesios 4:26-27 también advierte sobre el peligro de dar lugar al diablo, en un pasaje que exhorta a no dejar que el enojo se prolongue y se convierta en una oportunidad para el mal.
Desde esa perspectiva, podemos reflexionar sobre cómo el engaño, el odio y la destrucción contradicen el carácter de Dios. Pero no sería responsable asegurar que Caleb actuó porque estaba poseído, que el diablo le puso determinados pensamientos en la mente o que conocemos exactamente qué sucedió en su vida espiritual. No contamos con pruebas para afirmar ninguna de esas cosas.
Además, reconocer la dimensión espiritual del mal no elimina la responsabilidad humana. Una explicación religiosa nunca debe utilizarse para justificar un crimen, minimizar la decisión de quien lo cometió o culpar a la víctima.
La importancia de cuidar lo que alimentamos
Esta historia también nos invita a mirar nuestra propia vida, aunque sin comparar nuestras luchas cotidianas con un asesinato.
¿Qué hacemos cuando aparece el resentimiento? ¿Buscamos ayuda cuando sentimos que estamos perdiendo el control? ¿Somos capaces de reconocer nuestros errores o siempre encontramos una excusa para responsabilizar a los demás? ¿Tenemos personas maduras y confiables que puedan confrontarnos cuando nuestras decisiones empiezan a perjudicar a otros?
En la iglesia, estas preguntas también deben alcanzar a quienes lideran. No porque todo pensamiento negativo convierta a alguien en una persona peligrosa, sino porque ningún cargo espiritual nos vuelve inmunes a la tentación, al autoengaño o a la necesidad de rendir cuentas.
Orar, leer la Palabra y buscar acompañamiento espiritual pueden ser parte de ese cuidado. Cuando hay pensamientos persistentes de hacer daño, amenazas o temor de perder el control, también es necesario buscar ayuda profesional y tomar medidas concretas para proteger a las personas involucradas.
La enseñanza no es vivir con miedo de nuestros pensamientos, sino aprender a reconocerlos, evaluar nuestras decisiones y pedir ayuda cuando la necesitamos.
El caso de Caleb Flynn no nos permite afirmar qué ocurrió exactamente en su corazón, pero sí nos recuerda que el servicio religioso no reemplaza la integridad y que ninguna reflexión espiritual debe hacernos olvidar la responsabilidad por nuestros actos.
Porque la fe cristiana no consiste solamente en hablar de la lucha entre el bien y el mal. También nos llama a elegir el bien, asumir las consecuencias de nuestras decisiones y proteger la vida de nuestro prójimo.



